Estilo de vida

Omakase y una Torta Ahogada por favor…

Omakase y una Torta Ahogada por favor…

“El secreto del éxito en la vida es comer lo que te gusta y dejar que la comida combata dentro” – Mark Twain                               

Después de no sé cuantas semanas de estar en cuarentena, me vi en la necesidad de emitir una orden ejecutiva en casa, para tomar unas merecidas vacaciones. Cuando tomé esta decisión, hace varias semanas, nosabía cómo iba a estar el tema del corona virus en julio, por lo que opté por un destino del que no dependiéramos ni de aviones, ni de aeropuertos, ya que en caso de que estuviesen cerrados, se nos vendría abajo nuestra tan ansiada vacación. Así que con la ayuda de Pía, mi hija, tomamos la decisión de ir a Puerto Vallarta.

La fecha se acercaba y las playas seguían cerradas, sin embargo pasara lo que pasara, no cambiaríamos nuestra vacación, este viaje lo haríamos sí o sí. Ocho horas de carretera serían necesarias para llegar a nuestro destino, así que pensamos en detenernos en Guadalajara para que no se nos hiciera tan pesado el trayecto y de una vez matar varios pájaros de un tiro: llegar a comer con unos primos, la doña podría hacer una visita de trabajo y yo podría aprovechar de las maravillas gastronómicas tapatías, especialmente después de tantos meses sin visitar restaurante alguno.

Igual que Chevy Chase en su película “Vacaciones”, salimos con la camioneta cargada a tope. Palos de golf, palitas para la playa, hieleras varias, cajas de vino y un sin número de artículos más, muchos de los cuales creo que nunca se usaron y obviamente solo ocuparon espacio vital. Aguas, papas, chocolates, abuelos, lo único que faltó fue el perro.

La primera parada obligada sería en la barbacoa “Rosario”, justo antes de entrar a la carretera de Atlacomulco. No hay mejor manera de empezar el día o el camino, que con un buen consomé y un taquito de barbacoa. Jugo de mandarina fresco y mi dosis forzosa de 2 taquitos de falda con panza, uno con salsa roja y otro con salsa verde. Unos nopalitos para acabar de adornar los tacos y un poquito de sal.  Con eso estaba listo para las siguientes 4 horas de carretera.

El resto del camino transcurriría sin mayores eventualidades, más que una llamada de atención por la Guardia Nacional con respecto a un leve exceso de velocidad, el cual no pasó a mayores.


La llegada a Guadalajara siempre es reconfortante, comenzando por el clima y seguido por el paisaje.  Llegamos a comer con un primo al restaurante “Menta Negra”, donde nos estarían esperando con una pizza para los chamacos los cuales morían de hambre y yo probaría un filete con salsa de alcachofa, muy bueno y diferente de lo habitual. Tras unos tequilitas “7 Leguas”, los cuales no podían faltar estando en la tierra del agave, decidí ir a descansar al hotel un rato y así poder estar al 100 para la cena.

A mí llegada al hotel me topé con una deliciosa sorpresa por parte de La Eme Gourmet. Una tabla de quesos y una deliciosa miel de mezquite. Entre los quesos había un Morbier, un Manchego de Cabra al Vino y un Raclette. Nos los devoraríamos ya con más calmita en Vallarta y reiteraríamos la delicia que son, en especial la miel, la cual ya se convirtió en mi favorita desde ese día en adelante.

La cena sería en “Juniko”, un lugar recomendado ampliamente por un amigo gourmet y muy metido en el tema de vinos de Guadalajara. No tenía ni idea de a dónde íbamos o cuál era el concepto del lugar, pero sabía que sería algo épico. Google Maps me dirigió hacia el conocido restaurante “La Docena”, localizado en la espectacular Plaza Andares. Una vez en La Docena preguntamos si conocían el lugar que estábamos buscando, a lo que nos invitaron a pasar a una diminuta puerta dentro del restaurante. Ante nuestros ojos una barra para 8 comensales con una decoración japonesa impecable y un chef del país del sol naciente listo para cocinar frente a nosotros.

Todas las noches se sirve un Omakase diferente, este dependerá de acuerdo al mejor ingrediente disponible y a lo que el chef se le ocurra. Sólo puedes hacer cambios en el menú si eres alérgico a algún ingrediente o no te gusta algo en específico, fuera de eso simplemente te echas una persinadita y arrancan. Soy fan del sake frio, aunque confieso que no tengo mucha o nula idea del mismo. Solo sé que me gusta el sake seco y que no esté turbio, así que con un poco de ayuda de los profesionales me acabaron trayendo un bambú con sake de la casa, el cual estaba bastante bueno y así dimos por comenzada la noche.

Empezaríamos con una botana de calamar capeado, seguida de una croqueta de atún empanizado con bastante wasabi. A continuación tocaría el turno del Sashimi, el chef preparó en esta ocasión una selección con salmón, atún y pulpo; en este platillo es cuando se nota la calidad y frescura del producto y cabe aclarar que estaba impresionantemente bueno. Seguirían 3 nigiris, uno de atún, otro de toro y uno más de shu-toro, era como comer mantequilla con aspecto de pescado, se derretía en la boca, impecable, simplemente un manjar. El siguiente tiempo fue una bolita de arroz cubierta con hueva de salmón y wasabi, obviamente con el toque especial del chef que lo convertía en una locura de sabor.

La noche pasaba y los platos seguían llegando, rollos varios, pastelitos de omelette, jengibre a discreción y obviamente más sake. Para mi sorpresa y justo cuando estábamos por terminar, llegó una deliciosa sopa Miso, como para ayudar a bajar toda la cena y ya cuando pensábamos que todo había acabado, llegó un espectacular raspado de postre, el cual lo hacían al instante con una maquina bastante inusual y frente a nuestros ojos, cual si raspado de pueblo. Solo le agregaban un jarabe bastante bueno y no había otra cosa que hacer más que empujarlo pa’ dentro. Un postre perfecto para ayudar con la digestión, después del festín que nos acabábamos de dar.

A la mañana siguiente y después de una muy buena noche de sueño, nos encontrábamos listos para nuestra siguiente y última parada del viaje: Puerto Vallarta. Mi abuelita siempre decía: “nunca salgas a la carretera con el estómago vacío”, así que le hicimos caso y decidimos pasar por una torta ahogada para asegúranos que llegaríamos sin hambre y con bien a nuestro ansiado destino. Desde chico me han gustado las tortas ahogadas. Obviamente a esa edad no les ponía la salsa picante. Me acuerdo que había unas tortas ahogadas en Guadalajara que se llamaban “Gema” y aunque los locales decían que eran para turistas, para mí fue mi acercamiento para con este noble y típico antojito, el cual no solté desde entonces.

Pasaron los años y mi paladar se fue especializando y curtiendo para con este manjar. Cada visita a la perla de occidente, trato de visitar aquel changarro, carrito o dispensario que está de moda o presume tener las mejores ahogadas del momento.

Esa mañana tocaría la visita a “Tortas Toño”, un lugar sumamente popular y respetado por locales y ni el mismo Covid había podido espantar a sus comensales y asiduos visitantes. Para los que no saben que es una torta ahogada, esta es un platillo típico y representativo del Estado de Jalisco y consta de 3 partes indispensables: pan, carne y salsa. El pan es estilo bolillo, pero de nombre “virote”, el cual no se aguada tan rápido como otros panes y así puede aguantar la embestida de la ahogada. La ahogada es la salsa que se le pone a la torta: existe la dulce (base de jitomate y no es picosa), la de chile de árbol (picosa) y la de atar (sumamente picosa). El relleno de la torta por lo general es de carne de puerco (carnitas), generalmente maciza, pero los más conocedores le ponen lengua, buche, chicharrón y hoy en día hasta hay con camarones. Como toque final se le puede agregar cebollas desflemadas, limón, frijoles y col.

Esa mañana me pedí una torta de buche y lengua. La preparé con todos los aditamentos esenciales: cebollita desflemada, salsa picante a discreción y al final la ahogue en la salsa dulce (la que no pica). Esto es a lo que se conoce como un desayuno de campeones – una joya. Para los niños habría pedido unos taquitos fritos de papa y frijol para que pudieran aguantar el trayecto y debo de confesar que me quedé con ganas de probar una mini torta ahogada de camarones. No quise pecar de más y abrirle la puerta a un camarón que no estuviera en su plenitud y me pudiera llegar a caer mal; en la carretera esto tendría más complicaciones que el mismísimo Covid. Así que esta torta se quedó pendiente en mi lista de antojos para la próxima ocasión.

Llegamos a nuestro destino y disfrutaríamos de una más que merecida vacación. Las playas y destinos que tenemos en México están a la altura o mejor que cualquier otro lugar del mundo y hay que aprovecharlos. La comida, las playas y el trato son siempre sobresalientes. Así que una vez acabadas estas, nos quedaríamos con el gusanito de no haber podido quedarnos por más tiempo. Siempre hacen falta unos días más en todas las vacaciones.

De regreso a nuestra casa, una pinchadura de llanta impediría el poder pasar por más comida a Guadalajara, así que ya tengo pretexto de armar otro viaje en cuanto se pueda, para regresar a esta gran ciudad.

@huey_tlacuali