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Vendimiando por la Ribera del Duero

Vendimiando por la Ribera del Duero
Huey Tlacuali en viñedo Pinea

Acabo de regresar de uno de los mejores viajes de mi vida. Un viaje extremadamente rápido, muy diferente a todos los anteriores y por decir lo menos, un viaje espectacular.  Hace unas cuantas semanas, recibí una invitación por parte de mis amigos de Bodega Pinea para acompañarlos en la vendimia, en la Ribera del Duero. La idea era que les ayudara en todo lo que se necesita durante esta época, tanto en el campo, como dentro de la bodega. La decisión era un tanto complicada, ya que solo podía viajar por pocos días y no sabía si emprender el viaje por las mismas razones. Sin embargo era una oportunidad que pocas veces se presenta y sabía que si no la tomaba me arrepentiría toda mi vida.

Pinea se encuentra localizada dentro de la Ribera del Duero

La cual es una denominación de origen (D.O.) española en la que se encuentran varios de los mejores vinos del mundo. Ubicada en Castilla y León, dentro de una franja de la cuenca del Río Duero, formada por Soria, Burgos, Segovia y Valladolid. En esta región se elabora un vino único que no surge por casualidad, es consecuencia de una tierra y un clima singularmente severos. Un vino sin prisa, sin atajos, de esfuerzo y paciencia de los viticultores y bodegueros. Solo así se puede alcanzar un vino excepcional, un vino con alma.

En esta región, la mayor parte de la uva que se cosecha es del varietal Tempranillo, también conocida como Tinta del País o Tinto Fino. Esta fina y singular variedad es la que otorga el color, el aroma y cuerpo característico a los vinos de la Ribera del Duero. Existen mas de 300 bodegas con unas 2,225 marcas. 

Pero para no aburrirles más con datos técnicos, el viaje comenzó cuando la aeronave pisó el todavía moderno aeropuerto de Barajas un poco antes de lo esperado, eran las 5:30 de la mañana y tenía todo un día de trabajo por delante. Tomé un taxi con destino a la estación de trenes de Chamartín y ahí un tren que me dejaría en Valladolid tan solo una hora después. Seguiría otro viaje más en taxi con destino al Monasterio de Valbuena, en un pequeño pueblo llamado San Bernardo, ubicado justo en la famosísima Milla de Oro de la Ribera del Duero.

estación de trenes de Chamartín
Estación de trenes de Chamartín

Un gran desayuno y una pequeña siesta para recargar pilas

Después, pasó mi buen amigo Vicente a recogerme al hotel y nos dirigimos hacia Roa, donde deberíamos de estar vendimiando para entonces. Vicente es un buen amigo mexicano que está haciendo vino en España y se encarga de todo lo relacionado con Pinea en la madre patria, así que antes de ir directo a los viñedos, tuvimos que hacer una escala técnica en Peñafiel para comprar unas palas, recogedores y mangueras que serían utilizados en la bodega durante los siguientes días. 

viñedo
viñedo

Nuestra siguiente parada sería una parcela llamada «La Campana», donde ya se encontraban bastantes personas recolectando uva. Unos cortaban la fruta y la depositaban en las diferentes cajas, otros más las iban subiendo al remolque del tractor, algunos más las acomodaban en el remolque y así hilera por hilera. Sin pensarlo mucho, pedí unas tijeras y me puse a cortar uva. Cabe aclarar que esta sería mi primera vez que haría esta difícil y reconfortante tarea, sin embargo no duré mucho, ya que me pidieron que ayudara a subir las cajas al remolque y una vez lleno el mismo nos dirigiríamos a la bodega a descargar. 

La bodega se encuentra junto al pueblo de Guzmán

Estábamos estrenando bodega y por lo mismo esta sería la primera vendimia que haríamos ahí, por lo que todo era nuevo para todos. Tendríamos que ir experimentando cómo iban funcionando las cosas, dónde poner las máquinas, mangueras, cajas, tractores, palets, montacargas, etc. 

Después de un breve recorrido por la bodega, nos tuvimos que poner a bajar las cajas y poner la uva en la despalilladora. Aquí escogeríamos la uva y de ahí se iría directo a la prensa para ser llevada al depósito. Ese día nos dedicamos a hacer el vino rosado de la bodega de nombre Korde. Mientras llegaba más uva a la bodega, nos dirigimos al bar del pueblo para comer una estupenda comida corrida española. Muy casera, muy original y obviamente la acompañamos con un vinito tinto de la casa para que no se olvidara el motivo del viaje. No habría sobremesa, ya que teníamos que regresar a continuar con el proceso del rosado.

La tarde siguió y todos ayudábamos en lo que se podía, lavar cajas, descargar el remolque, escoger uva, etc. Sin embargo, la parte emocionante llegó por ahí de las 8 de la noche cuando tuvimos que usar la prensa manual para sacar hasta el último jugo de los mostos del Tempranillo. La noche parecía que nunca acabaría y debido a que yo ya llevaba no sé cuántas horas sin dormir, me tuve que excusar, retirar al hotel y dejar que los expertos terminaran con el proceso.

Huey Tlacuali en viñedo Pinea

Al día siguiente y habiendo descansado ya lo suficiente, me dirigí a la bodega una vez más para ver en qué podía ayudar.

A mi llegada me esperaban unas tijeras y varias cajas para cortar fruta de la viñas que se encontraban a un costado de la bodega. Realmente todos los días es un poco de lo mismo; cortar fruta, cargar cajas, escoger la uva, pasar por la despalilladora, pero cada día con un reto diferente. En esta ocasión estaríamos vendimiando para el vino tinto que lleva el nombre 17, así que los procesos cambian un poco, pero no deja de ser sumamente interesante y cansado a la vez. 

Esa noche nos tenían preparada una gran cena en el hotel del pueblo. Chuletón, pimientos, potaje, verduras y vino, mucho vino, para festejar y brindar por la vendimia, por un buen año y por el éxito del futuro vino. Después de la vasta cena y a manera de desempance, decidí terminar la noche con un orujo de café, el cual estaba espectacular y de ahí a la cama para dormir una vez más como bebé recién nacido. 

Ya para el viernes, mis uñas eran color morado de tanta uva recolectada, mi columna estaba hecha pedazos y mi cuerpo pedía piedad. Sin embargo, a mí me quedaba todavía un día completo por delante y no podía desaprovechar esta gran oportunidad. Así que una vez más puse manos a la obra y me dedique a ayudar en lo que más podía.

David, el enólogo de Pinea, fue lo sumamente amable y paciente para explicarme con detalle cada proceso que realizábamos y el porqué del mismo. Esto me permitió tener una idea mucho más completa y clara del proceso para realizar un vino, el cual por decir lo menos no es nada sencillo y ahí es cuando te das cuenta de que cada enólogo pone su firma en el proceso debido a las diferentes maneras de hacerlo, lo cual unos años más tarde se verá reflejado en el resultado del caldo.

El día había llegado a su fin

Partí con dolor una vez que me despedí de todos y cada uno de los que se encontraban en la bodega. Me sentí aliviado de que al día siguiente iba a poder descansar, sin embargo me hubiera podido quedar unos días más sin problema alguno. Tan solo pensar que todavía les faltaban por delante al menos otros 10 días más a los que se quedaban me puso la piel chinita. 

El sábado ya descansado como se debe y después de un gran desayuno al estilo español, el cual incluía carnes frías, quesos, panes e incluso tortilla de patatas, me dirigí de nuevo a la estación de tren de Valladolid que me llevaría a mi última parada: Madrid.

Para ser sábado a mediodía se podía sentir mucho movimiento en esta gran capital europea. Las calles atiborradas de gente, tráfico y esa chispa que tiene Madrid cuando uno llega. Me dirigí al Hotel Cuatro Estaciones, el cual no tenía el gusto de conocer. Al llegar al lugar simplemente me quedé con la boca abierta por varios minutos. Ubicado muy cerca de la Puerta del Sol, en un edificio histórico completamente remodelado, se encuentra este nuevo hotel. Impecable, de muy buen gusto y con un gran servicio.

Mi primera parada una vez tomado un buen baño fue Casa Benigna, uno de mis restaurantes favoritos de Madrid.

No es nuevo, no esta de moda y no sé si se encuentre dentro de la lista de los mejores restaurantes de Madrid. Sin embargo, como lo mencioné anteriormente es uno de mis favoritos. Es una pequeña casa en un barrio familiar en el que se sirven Patellas, leyeron bien, Patellas, no Paellas. ¿Cuál es la diferencia? Realmente a simple vista ninguna, ya que es básicamente arroz con tropiezos, sin embargo es un arroz especial y tiene pocos tropiezos finamente seleccionados. Existe la de mariscos, la de la huerta y la del campo. Un lugar delicioso, único, el cual vale mucho la pena conocer, créanmelo.

De regreso y después del abotague que manejaba, decidí caminar por el barrio de Salamanca, ya para entonces y después de haber recorrido varias cuadras decidí parar por la Maquina de Jorge Luis a tomarme un Vermut en la terraza, lugar espectacular para tomarte un vinito y ver gente pasear. De pura casualidad me encontré con un primo que vive por esas partes del mundo y nos quedamos a echar una copita, a lo que siguió otra más y otra más, hasta que nos trasladamos al Jazz Club en el sótano del Amazónico. Un lugar al que uno no debe dejar pasar en ninguna visita a Madrid. Gran ambiente, música en vivo y buena marcha, como dicen por allá. Por cierto ahí pedimos una botanita para que no se nos subiera mucho la fiesta.

carnes frías

Mi primos y sus amigos siguieron la fiesta hasta entradas horas de la madrugada, sin embargo su servidor se retiraría mucho tiempo antes ya que debía estar en el aeropuerto a primera hora de la mañana para tomar el avión que me llevaría de regreso a la gran Tenoch y de vuelta a esta caótica pero apasionante metrópoli. Como les dije desde un principio, fue un viaje relámpago, donde ni tiempo me dio de que me diera Jet Lag, el cual nunca olvidaré y trataré de repetir mientras me sigan invitando mis buenos amigos de Pinea

Instagram: @huey_tlacuali

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