Y para que tu psicólogo te corra, debes de esforzarte mucho, no es cualquier cosa, necesitas echarle muchas pinches ganas.
El tema es que quiero que me devuelva mi lugar en su consultorio, pues justo cuando me entendió, me corrió.
¿Qué cómo sucedió esto?
Creo que comenzó hace muchos años, hace 38 terapias, y ese número –que parece exagerado– es seguro menor al real.
Odio las terapias, pero sé que las necesito, y casi siempre que comienzo una, ya llego en modo emergencia. Entonces arranco, y me desbordo con todo lo que traigo encima, y pocas sesiones después, quiero matar al terapeuta.
Me caen gordos todos, me dejan de parecer inteligentes, no sé qué diablos me pasa.
Lo cagante es que luego arrancas otra terapia, y es comenzar nuevamente de cero.
Escucharte contar la misma emergencia y el porqué de tu visita –pero ya con prisa, enojo y una sensación desgarradora de aburrimiento– debido a la repetición.
Entonces siempre pienso que no lo haré más, pero nuevamente me pongo en modo emergencia y no me queda de otra, más que volver al diván.
Lo he intentado todo, los silencios demenciales del psicoanálisis, los terapeutas que creen tener todas las respuestas, y hablan más que el paciente, los que te dan siempre ejemplos acerca de ellos mismos, o peor aún, los que usan analogías con animales, como si uno tuviese 12 años.
He hecho: Terapias psicoanalíticas, Terapias neuropsicológicas, Terapias Gestalt, Terapias sistemáticas breves, Terapias de Mindfulness, Counseling, Constelaciones, Terapia Conductivo conductual (esta sí sirve). Me cae que lo he hecho todo.
Pero no he aguantado mucho en ninguna de ellas.
Dice mi amiga Claudia que yo huyo de “que se ponga duro”, pero yo le digo que más bien huyo de la hueva que me causan esas sesiones. Y no es que todos los psicólogos –en cuyos divanes me haya sentado– sean tontos, todo lo contrario, una hace su research, busca credenciales y pregunta a su alrededor –a gente que respeta o admira– y cuando llegas a una terapia nueva, y te va bien, dices #thisistheone y la decepción de que no lo sea, es brutal.
Y sin duda debe ser gacho correr a tu psicólogo; me avergüenza decir, que yo nunca los he corrido, solo me desaparezco de su vida para siempre.
No estoy orgullosa de esto, solo son los hechos. Porque si alguien necesita terapia soy yo.
Brutalmente. Soy un caso mental caminante. Y con prisa.
Pero nomás no he podido conectar “de tiempo completo”, no he podido nunca llevar esa “relación terapeuta-paciente” a un largo plazo.
Y de repente llegué con el Dr. M, y comencé a ver luz, la verdad es muy duro conmigo, pero se lo pude aguantar, porque me puso verdaderamente a trabajar.
Me deja pensando, me pone a girar, y me sorprende con sus reflexiones.
Pero pues me corrió, por no hacerlo mejor, por no hacer la tarea, por ser una persona que está convencida “que no puede cambiar”, y por no entender de una vez por todas, que o se está quieta un rato o nadie la podrá ayudar.
Ni él,
o Deepak Chopra,
ni Oprah Winfrey,
ni el Dalai Lama.
La mitad de mis sesiones con el Dr. M, fueron desastrosas, pero como yo ya sé agarrar la vida en medio de un deslave, pues a mí me parecían normales. La sesión piloto fue la peor, fui a una junta y me agarró el tráfico. Me bajé del Uber y mi terapia de zoom tuvo que ser en la calle de Colima, misma que comenzó conmigo buscando un escalón para sentarme y taparme de la lluvia, en medio de cláxones, gente, ruidos de todo tipo y mala señal.
Me presenté con el Dr. M.
Él me regañó, “cómo carajos no preví y planeé bien mi primer encuentro con él, en un lugar más tranquilo y en paz”
La respuesta que le di, “no llegué, pero ya me acomodé aquí, para contarte mis cosas”, no le resultó satisfactoria. Y después de platicarle muy atropellada, me dijo, “te voy a dar una segunda oportunidad, pero debes estar en un lugar quieta”.
A la sesión 2 llegué derrapando, hiperventilando y con taquicardia, pues salí tarde del ejercicio, y corrí como bandido por todo Mazarik –con 2 minutos de retraso– llegué a mi recámara sin aire y dije “Hola Dr. M”.
Mis hijos, gracias al grandioso modelo de clases combinadas presencial con virtual (no se acaba ese infierno), entran y salen, y les vale esté ocupada. Mary se mete a mi cuarto sin tocar, y aunque escucha y se da cuenta que estoy en junta, me dice “aquí esta su café y su jugo”.
(No se lo pedí, si se lo hubiera pedido, me lo trae una hora y media después).
Al final de la sesión el Dr. M me dio el aviso de “no más interrupciones caseras”.
Para la sesión 3 estaba de viaje con pareja, y me tuve que meter en la regadera a tener la terapia de zoom. En la cámara él me veía con las llaves de agua detrás de mí, sentada en el piso del baño murmurando, hablando con claves y señales, casi no se me escuchaba y cuando el Dr. M decía cosas importantes yo le tenía que decir, “SHHH… no tan fuerte”
Y así seguimos con las otras, unas en cafés, otras en oficina, otras manejando en la carretera, y quizás una que sí fue perfecta. Pero no fue suficiente. Aunque yo sentía que estábamos encontrando cosas geniales, y avanzábamos un chingo.
Pero no me dejó seguir.
Dr. M me dijo:
“Ya estuvo bueno Sofía, ¿has visto esas mangueras enredadas donde el agua sale apresurada y con presión, y se empieza a mover como una víbora imparable?”
Me pidió visualizar la imagen –y lo hice– y ahora no me la puedo quitar de la cabeza.
Me dijo, tienes que poner el pie para detenerla.
Y me dijo que o me ponía a meditar 10 minutos diario, a observar, escribir y estarme quieta, antes de la terapia y después estar sin hiperventilar, en un lugar sola y en silencio, o no más.
Y me corrió hasta nuevo aviso.
Ha sido muy duro “estarme” estos días, con este pensamiento martillándome.
Y me he esforzado por levantarme y hacer lo propio, aquí estoy de hecho con computadora escribiendo esto a ratos, con libro, con podcast, con café, con cuaderno, con meditación, garabateando unas ideas q se me ocurrieron para mi cliente; aquí estoy con todo eso…
Y además, buscando cómo hacerle,
para que el Dr. M me acepte de regreso.
Pues como verán,
no es broma lo mucho que lo necesito.
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