Estilo de vida

No te vayas sin despedir: Para mi Sandra con todo mi amor

No te vayas sin despedir: Para mi Sandra con todo mi amor
Duelo

Van a ser ya cuatro meses. Y todavía me cuesta acordarme. Mi amiga, mi Sandra, la que por culpa de esa maldita enfermedad se fue a vivir muy lejos desde hace ya mucho tiempo, finalmente partió. Fue una guerrera, aguantó sin quejarse un solo minuto de su destino. Nunca, ni una sola queja. Aceptaba lo que le pasaba conforme lo veía llegar y lo apechugaba. Sin chistar. No le gustaba sentirse víctima de sus circunstancias, aunque tampoco tenía paciencia para lo que consideraba ya insensato o poco sincero.

Quería vivir la vida sin reproches, pero también sin hipocresías

Así lo hacía saber. No me acuerdo ya de cuántas veces discutimos durante nuestras interminables llamadas por WhatsApp por las palabras tan directas, crudas, difíciles que frecuentemente me hacían reaccionar con enojo y reclamarle todo con lo que no estaba de acuerdo. Esa fue siempre nuestra relación: de frente, clara, sin rodeos, sin florituras. Nos decíamos todo lo que pensábamos una de la otra. Y a pesar de todo, nos adorábamos. Lo raro es que justamente son esas pláticas las que ahora extraño más.

La historia fue así

De pronto, después de muchos años de altibajos, de remisiones y de recaídas, hace casi dos meses, recibo una llamada por FaceTime. Era ella. Estaba en el hospital desde hacía dos semanas –no me lo había dicho, con lo cual creí que no sería nada demasiado grave– y hablaba de forma muy pausada, cuidando bien sus palabras para no cansarse. Incluso me hacía bromas sobre eso para alivianar la densidad de la situación. Así comenzó: llamadas por FaceTime contándome el proceso por el que estaba pasando sin querer alterarme. Era demasiado, pero lo hacía sonar como un bache más en la interminable enfermedad.

Durante esas semanas tuvimos intercambio de fotografías, de videos, de chats escritos en los que hicimos un recuento de todo lo que habíamos vivido, desde lo más divertido hasta lo más duro, nos hablamos sin tapujos, muchas veces con un nudo en la garganta y con ganas de llorar sin llegar a hacerlo. Queríamos guardar la fortaleza, la cordura, además de desahogarnos con esas carcajadas que siempre fueron una parte importante de nuestras anécdotas.  

El tiempo pasaba. Quería ir a verla, a abrazarla, a apaciguar sus miedos y ansiedad, pero desafortunadamente, la pandemia no lo permitió. Seguimos hablándonos, cada vez con menor frecuencia, con más pausas. Entonces me empezó a caer ese veinte que no quería entender: se estaba apagando. Lloraba sin parar y no dejaba pasar un solo día sin mandarle alguna foto, algún video, un chat para decirle que la quería, que estaba presente, que no la iba a soltar, que la acompañaba. Todos los días.

Siempre intentó contestar aunque fueran algunas líneas muy escuetas. Sin embargo, poco a poco llegó el silencio. Los diálogos se volvieron monólogos y la respuesta dejó de llegar. Seguí insistiendo. Hasta el día que recibí de su hermano la noticia: a mediodía, finalmente, se había ido. Sin quejas, sin aspavientos, con la fuerza tan característica de su personalidad testaruda y, al parecer, sin dolor. Simplemente ya no resistió. Era demasiada prueba que superar para un cuerpo físicamente ya muy débil y cansado.

No la pude ver, no me pude despedir cara a cara. Eso duele y mucho. Lo que me consuela –y que no me di cuenta hasta después– es que durante esas últimas semanas ella se estaba despidiendo de mí. Sin decírmelo directamente, me iba llevando a lo largo de los años de nuestra amistad tan cercana, única y entrañable. Y sé que respondí inconscientemente como ella lo esperaba. Que no dejé en ningún momento que la tristeza me rebasara y que me dejé llevar por todos los recovecos de tantas y tantas aventuras buenas, regulares o malas que invariablemente paliamos a carcajadas. Eso es lo que ella quería recordar y que yo mantuviera como recuerdo. Y con eso me quedo como despedida.

El adiós a mi Sandra

Cuesta mucho desprenderme, todavía le hablo en voz alta, le platico en las noches, la sueño y le pregunto muchas cosas durante mis noches de insomnio. Y hasta ahora, siempre en esos recuerdos he encontrado una respuesta que me hace reír. El dolor no se va, pero poco a poco los recuerdos se vuelven menos intensos y van borrando los detalles. Lo que queda es la manera tan natural y amorosa en la que me pude despedir de una hermana que tengo tan metida en la cabeza que sé que me va a acompañar y a ayudar a tomar decisiones más pensadas de ahora en adelante.

El cierre es importantísimo. Nunca dejen de despedirse y de decir lo que sienten por alguien. Cada vez y todas las veces porque ese día en el que no va a haber vuelta atrás siempre llega.

Hasta siempre amiga, mi Sandra
Hasta siempre amiga
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